22/8/12

Por la calle del desengaño

"Malegría es esa dulce y a la vez amarga emoción que se tiene cuando la alegría y la melancolía se funden en una sola sensación, cuando todo parece ir bien, pero no como más nos gustaría. Es lo que sientes cuando la mujer a la que amas no está a tu lado, pero sabes que es feliz, o cuando un ser querido muere, pero no volverá a sufrir. Para nosotros no todo está bien, pero por mucho que queramos, no podría ir mejor. Ante eso, lo mejor es hacerse a la idea, resignarse".

17/8/12

Cuerpos

Cuerpos. Cuerpos desnudos. Cuerpos cantando. Cuerpos tocando. Cuerpos mirando. Cuerpos exhibidos. Cuerpos vestidos. Cuerpos polifórmicos. Cuerpos decididos. Cuerpos valientes.

Cuerpos de personas. Cuerpos de personas. Cuerpos de...

Personas.

13/8/12

La noche a lo salvaje

Cuidado
1. Empecé a caminar rumbo al metro pero luego recapacité: me encontrarías. Así que di media vuelta y me dirigí a 5 de mayo. Con los pasos rápidos, me fui como se van los taxis hasta salir a Río Churubusco. Luego crucé un puente peatonal y me bajé en el camellón, hay un sendero que tiene bancas y mesas, como para que la gente camine por ahí, así que caminé. Primero pensé: cruzaré todos los puentes y veré a dónde llego. Después pensé que me cansaría demasiado. Antes de llegar a La Viga me senté en una banca. Casi me quedo dormido. No pensaba. Sólo veía los coches pasar a toda velocidad frente a mí. Un par de veces creí que lo mejor era volver. Dar media vuelta y simplemente regresar. Pero quería saber qué era capaz de hacer. Así que me levanté de un salto y seguí caminando.

2. Caminar por Tlalpan fue mucho más cansado de lo que pensé. Todo fue bien hasta llegar al metro Chabacano. Justo antes había un puente peatonal, el primero con el que me topé: en esa avenida, la única manera de cruzar es por los pasos a desnivel, todos cerrados a esa hora de la noche. Varias patrullas se detenían unos instantes a checarme, y al ver que no iba borracho ni llevaba botellas de licor o churros, se iban sin importarles qué andaba haciendo un mozuelo como yo caminando sin rumbo a altas horas de la noche. Llegué a pensar que a la próxima patrulla que viera, le pediría que me llevara a uno de esos albergues que abren para la gente sin casa. Pero ya no vi ninguna. Digo que después del metro Chabacano empecé a sentir miedo por las trabajadoras sexuales que me salían al paso. Una se me acercó demasiado, "te la mamo", me dijo. "No, gracias", respondí, y aceleré el paso. Pero en cada esquina había o borrachos, o grupos de hombres toscos y de apariencia violenta. En San Antonio Abad empecé a toparme con los indigentes, durmiendo en plena banqueta, tapados con un periódico o un cartón. Hasta entonces me empecé a preguntar dónde dormiría yo.

3. La verdad no dormí mucho. Unos cuantos minutos. Las luces de los coches me daban en la cara, y los mosquitos no dejaban de torturarme, pero llovia mucho y yo no podía moverme de ahí. De vez en cuando la lluvia arreciaba y me tenía que poner de pie para que las gotas no me salpicaran. Pero sabía que si seguía caminando y me mojaba, me iba a morir de frío. Así que me volvía a sentar, me acurrucaba, trataba de matar a los mosquitos, de voltear la cara a la pared para no ver las luces de los coches y dormir, en ese hueco en la pared, aunque fuera unos minutos.

4. Ya salía la gente para sus trabajos. "Que triste", pensé, "levantarse tan temprano en domingo". Una lluvia muy leve seguía cayendo pero yo ya no soportaba estar quieto. Caminé por 20 de noviembre, estaba seguro que esa calle me llevaría hasta el zócalo y después podría decidir mis siguientes pasos. Me sorprendió la cantidad de indigentes que dormían, unos contra otros, cubiertos por cobijas sucias, pedazos de plástico, cartón y periódico, refugiados de la lluvia en las fachadas de los locales comerciales. De pronto, en una esquina vi un hombre parado que me preguntó la hora, me detuve porque no lo veía sin mis lentes y me volvió a preguntar "tienes la hora", no, no la tenía, "espérate, ven", me volví a dar la vuelta, "te la mamo", me dijo, me reí, "no gracias", y seguí mi camino. En la siguiente esquina giré la cabeza y me di cuenta que me seguía, así que sin pensarlo, doblé a la derecha. No estaba de humor para mamadas, literalmente. La lluvia arreció y con ella mis pasos. Di otra vez vuelta. Llegué a un parque. No estaba seguro si este camino seguiría llevándome al zócalo. El cansancio, la falta de sueño, la ofuscación de los sentidos me hicieron perder la orientación. Las calles desiertas y tenebrosas me hicieron sentir miedo. Pero de entre las tinieblas, en una vuelta que di, se alzaron los campanarios de la Catedral, y me sentí a salvo.

5. Me detuve un momento a obervar, tanto como pude sin mis lentes, el Palacio de Bellas Artes. No sé por qué lo recuerdo con tanto cariño. Me acuerdo perfecto de la noche fría que nos sentamos en la jardinera y compramos un ponche, y nos lo tomamos juntos, uno de los primeros días que estuvimos aquí. Sé que el edificio te encanta, no sé. Pero seguí caminando y caminando. Calculaba que para las 7 de la mañana ya habría llegado al metro Insurgentes. Llegué un poco antes, después de orinar en las jardineras que rodean el ángel. También me detuve frente a la casona de Amberes, el primer lugar en el que vivimos juntos. Recordé la primera noche que llegamos aquí, en el colchón inflable que Toño ya nos tenía listo. Esa noche, te abracé, miré el techo, pensé "qué carajos vamos a hacer", sin trabajo, sin dinero, sin familia aquí. Respiré hondo, "todo saldrá bien", te apreté y cerré los ojos. Lo recuerdo a la perfección. Me quedé un rato ahí, frente a la reja verda, que estaba abierta, pero no quise entrar. Seguí mi camino hasta la glorieta, donde muchos jovencitos, recién salidos del antro, esperaban a que abrieran la puerta para volver a sus casas. En un descuido del policía me pasé por los torniquetes, esperé el tren y emprendí el camino de regreso. Pero sabía que algo en mí había cambiado esa noche. O tal vez había cambiado antes, y sólo hasta entonces me daba cuenta.

29/7/12

Días de lluvia



Nubes de lluvia
1. El otro día estábamos en la fonda donde siempre comemos. No pica, nos dicen, pero esa es una mentira recurrente con la que hemos aprendido a vivir aquí en el DF: si tiene chile, pica, aunque te digan lo contrario. Cuando terminamos y salimos a la calle, comenzó a llover. Lo primero que pensamos fue "¡los periquitos!". Los habíamos dejado afuera. No a la intemperie, sino en el techo que cubre los lavaderos, pero aún así, no les gusta la lluvia, y siempre los estamos cuidando del viento. Tuve que correr mientras veía que cada vez caían gotas más y más gruesas. Subí las escaleras como un rayo hasta que llegué a la azotea, dos pisos arriba. Se me acababa el aire. Ni siquiera alcanzamos a meter la jaula a la casa: la tuvimos que resguardar en el cubo de las escaleras. Estuvimos atrapados como 30 minutos mientras el granizo caía sin piedad, destrozando las pobres plantas del balcón. Los periquitos estaban asustados, pero al menos no se mojaban ni tenían frío. Yo sólo pensaba en todos los miles, quizá millones de otras aves que viven en los árboles, que se alimentan de basura. En todos los nidos que tumbó el granizo. Estúpida lluvia.

2. Después de la cirugía no he sentido que haya retomado mi vida en el punto donde la dejé. Aún me siento raro saliendo a la calle, hablando con la gente... He tratado de llenar estos huecos enfrascándome en proyectos nuevos, pero como siempre, acepto más de lo que puedo mantener. Debo quedarme sólo con lo que puedo manejar. No está bien esto de siempre estar ocupado. Ni siquiera gano tanto dinero como para eso.

3. Nunca imaginé que tener periquitos pudiera implicar tanto trabajo. Levantarnos temprano para destaparlos, lavarles con agua y jabón las bases de la jaula y los trastes de agua y comida, las perchas donde pasan la mayor parte del día, ponerle su pomada y sus gotas a Rómulo sin que haya una mejora aparente (aún no le salen las plumas de la cola), servirles sus semillas de desayuno, alpiste, mijo o avena, y agua fresca y limpia por si se quieren bañar. Una hora después hay que volver a limpiarlos, volver a llenar los trastes, esta vez con croquetas (sí, hay croquetas para aves, ¿qué pensaban?), alguna verdura o fruta, les encanta la espinaca y ahora hemos descubierto que también la acelga, zanahoria, manzana, papaya ni siquiera hicieron el esfuerzo por picarla, pero ya le hallarán el gusto. Y así todo el día, estar al pendiente de que no peleen, de que tengan siempre comida limpia, taparlos antes de que se meta el sol para que descansen tranquilos... Pero con todo este trabajo, no los cambiaría por nada del mundo. Me encantan.

PD: Después les subo más fotos de ellos.

22/7/12

I'm back



1. La creatividad se ha vuelto una parte fundamental en mi vida laboral y cotidiana. Ser creativo, imaginar nuevas maneras, de sobrevivir y de hacer bien las cosas, de relacionarme con las personas, de maximizar mi tiempo, de aprovechar las oportunidades... Nuevas maneras de decir no, y de decir sí (por ejemplo, hoy leí que sólo hay que decir sí cuando pensemos "hell yes!") para ser más felices y hacer sólo lo que queremos hacer, decir sólo lo que queremos decir y que la frustración no sea una constante de nuestro día a día. Y como este blog, desde hace muchos años, me ha servido como refugio personal para escribir por escribir y desahogarme y tener más claridad en mis ideas, creo que es justo y necesario retomarlo. Por si queda todavía alguien en este mundo que se interese por una ventana vouyerista a la cabeza de alguien más, que es donde encontramos las cosas más útiles y más fascinantes.